Cuando Pablo escribió su segunda carta a la iglesia de Corinto, se alegró de que se hubieran arrepentido de sus acciones «poco dignas». Pablo había sido claro y firme en sus palabras hacia la iglesia, lo que había creado cierta tensión en su relación con ellos. Los consuela diciéndoles que el Señor perdona sus faltas, y destaca que, como parte del cuerpo de Cristo, todos participan juntos de los sufrimientos. Pero también los consuela con que, en medio de los sufrimientos, viene abundante consuelo de Dios, nuestro Padre celestial.
En la aflicción permanecemos unidos, pero nuestra esperanza está en Dios. Este es también el mensaje de Pablo en este versículo: cuando se encontraba en su situación más oscura, no tenía otra opción que confiar en el Señor. Solo el Señor podía librarlo de una muerte segura.
¡Dios ha dado su sí!
Es en este contexto que Pablo escribió el conocido versículo acerca de que todas las promesas de Dios han recibido su «sí». Porque en Dios no hay un «sí» y un «no» al mismo tiempo; aquello a lo que Él se ha comprometido, Él lo cumple. Nuestra seguridad de esto es la garantía que el Señor nos ha dado por medio del Espíritu Santo.
Así que, cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y buscamos al Señor a través de su Palabra, en medio de nuestra aflicción, ya conocemos la respuesta. Porque Él nos ha dado su promesa, por medio del Espíritu Santo, de que la respuesta es: ¡Sí! Por eso también podemos decir con confianza «amén» a todas sus promesas. No porque hayamos obtenido nuestro propio «sí», sino para honrar a Dios por todas las bendiciones con las que nos ha bendecido, y por la esperanza que nos ha dado de que nos volveremos a ver.
¡Sí y Amén!